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viernes, 15 de octubre de 2010

De sombras, máscaras e inocencia

Por alguna razón, en estos días mi sombra (o al menos una buena parte de ella) se me está mostrando con una claridad nunca antes alcanzada.
Irrumpió de pronto, en una duermevela, y me sobresaltó la fuerza de su entrada. "Ésta es". El reconocimiento fue inmediato. El reconocimiento y la fascinada repulsión. A veces he hablado de la sombra en términos jocosos. Otras muchas la he visto asomar la nariz, bien sea al observarme, bien al observar su reflejo en otras personas. Hace ya un tiempo había iniciado conscientemente un intenso trabajo de apropiación de mis aspectos negados.
Pero "verla", lo que se dice "verla" con toda nitidez, en una personificación completa y compleja, fuera del mundo de los sueños, eso es algo nuevo. Y profundamente perturbador. Y fascinante. Ella, en efecto, posee todas las anticualidades que siempre me han horrorizado o repugnado cuando las he visto en los demás.
Mi sombra... Una criatura primitiva, escandalosa, malencarada, soez, de una astucia callejera, de barrio marginal, de inframundo, manipuladora, desamorada, con una sensualidad primaria y voraz, venal, absolutamente egocéntrica, manipuladora, astuta pero estrecha de mente, incapaz de cualquier sentimiento elevado, descreída, interesada, cínica, torpemente exhibicionista, capaz de cualquier bajeza, de cualquier prostitución, de cualquier traición, con tal de sobrevivir.
La "veo" y me pregunto cómo hacer, cómo voy a hacer para ir asumiendo como mío a este ser en toda su crudeza.
Y sin embargo... sin embargo, por paradojal que parezca, se trata de un ser honesto. Alguien que es lo que parece y parece lo que es. Y está viva. Increíblemente llena de vida y de intensidad y de fuerza. Se trata de una superviviente. De una superviviente caiga quien caiga. De alguien que, para sobrevivir, se ha dejado por el camino todo lo que estorbara a ese propósito, pero que ha conservado intacta su vitalidad.
Hay algo en mí que ama, o podría amar, a esa criatura de los bajos fondos, que ama su fuerza, su insolencia, su capacidad de ser quien es, y de hacer y conseguir.
Y me pregunto qué podría pasar si la sigo amando, y sí, aprendiendo de ella, y enseñándole también otras cosas que ignora. Qué clase de quimera podría surgir de la unión de ese personaje con otros habitantes de mi mundo interno.
Porque están aflorando otras figuras. La máscara, por ejemplo, la mujer para la galería, siempre políticamente correcta según el ambiente, deshonesta hasta la náusea, capaz de (intentar) poner cualquier cualidad o sentimiento supuestamente altruísta o "espiritual" al servicio de sus intereses egoicos. Alguien tan poco interesante que me pregunto cómo ha habido quien la aguantara y la asumiera como creíble a lo largo de toda mi vida.
Y, en el extremo opuesto, un ser enteramente inocente y vulnerable, irradiando verdad, un habitante de mi profundidad capaz de iluminar, de redimir con su pureza todo aquéllo sobre lo que posa la mirada.
Y, aún incipiente, una parte de mí llena de fe, que quiere vivir y ser en una verdad amorosa, que pide y... obtiene respuesta. Obtiene respuesta desde un nivel que es sencillamente un mar de silencio y amor y serenidad.
Y también, también, quien observa maravillada todo esto.
Y la sombra que se mofa. Y la máscara que intenta controlar, Y la niña sagrada que es. Y la mujer que ora. Y el espacio sereno. Y la observación maravillada... y la coexistencia en mí de todos ellos, de todos ellos, y de otros más, en busca de integración.

martes, 12 de octubre de 2010

Amorosas verdades

"Cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades."
(Gabriel Celaya)


Amorosa como la divina madre. Calculadora como el mejor estafador. Fría como un psicópata. Cruel como un maltratador. Generosa como el cuerno de la abundancia. Interesada como un especulador de Wall Street... Humana, sencillamente, como todo el mundo.
Me miro, me voy mirando y conozco mis motivos. Así soy. Así voy siendo. Así siento y así, muchas veces, actúo.
Si no estoy atenta, se me cuelan los filtros de la mentira. El juicio, el "debería" o el "no debería", o bien la pasadita de purpurina sobre la crudeza del propio interés, la máscara que trata de cubrir el verdadero rostro.
O, peor aún, se me cuelan los filtros de la verdad sin amor, la mirada que paraliza, que no deja opciones, hasta que me doy cuenta de que, sin amor, la propia verdad es nada y menos que nada.
Como es nada y menos que nada el falso amor que trata de aprisionar a quien dice amar, que lo envuelve en una telaraña sonrosada, en una blanda celda de cariño.
O los vanos intentos de reforma y autorreforma, el tratar de conformarme o conformar a otros a un modelo sacado de no sé dónde, un modelo que fuerza, que tensa, que petrifica toda vida.
Quién me diera tener el valor, los santos ovarios, de ser como soy. De dejarme en paz y dejar en paz a los demás de una buena vez y tener la suficiente confianza en la vida como para soltar, o como mínimo aflojar, las riendas. Esas riendas a punto de romperse, de puro tensas, de puro intento de controlar lo incontrolable.
Mirarme con amor y con verdad. Mirar a mi interior, directamente, y también mirar a los demás, a todos los demás que hay en mi vida, esos pedazos de mi ser que aparentan ir por libre, en todos los cuales me miro y me reflejo. Lo que amo en ellos, lo que odio, lo que me escandaliza, lo que admiro... el mal y el bien que veo, el acierto y el error, la belleza y lo deforme... ¿Cómo reconocería todo eso si no estuviera (también) en mí, si no fuera mío? Cada vez veo con más claridad que yo soy (como) ellos, (como) cada uno de ellos. Lo que hacen y me duele y me molesta, ¿no es acaso lo que yo también hago, o como mínimo haría si me lo permitiera? Y lo que me cura y me sustenta de su ser, ¿no está también en mí, al menos en semilla?
Lo que de los demás no me pertenece, no lo reconozco, o bien, si lo hago, no me inspira sentimientos apasionados de adhesión o rechazo, de amor o de odio. Sencillamente, veo, y acuerdo o desacuerdo, sin demasiada implicación emocional.
Jung llama Sombra y Anima-Animus a esas partes de nosotros mismos, esos arquetipos que habitan en nuestro interior, y que jamás podemos ver más que reflejados en los otros de nuestra vida.Es para agradecer a esos otros la función que realizan de llevar por nosotros la carga de nuestras grandezas y nuestras miserias, de nuestro oro y nuestra basura, hasta que maduramos lo suficiente como para hacernos cargo. Hasta que, poco a poco, vamos cayendo en cuenta de que tales rasgos son nuestros y nada más que nuestros, momento en que podemos dar las gracias a nuestros porteadores, recuperar para nosotros esa carga y tal vez ver, por fin ver, al otro (más o menos) tal y como es, libre de nuestra "contaminación", en su sola, limpia humanidad.
Decirme (y decir) la verdad con amor. La verdad sobre mí y sobre los demás y sobre el mundo. La verdad que vaya viendo. Ir levantando, ante mí misma y ante otros, con paciencia y cuidado, la máscara que por temor y vulnerabilidad llevo puesta, y que además de convertirse en una cárcel, no me permite ver, ni mostrar, mi belleza y mi inocencia. La belleza y la inocencia que son patrimonio de todo ser verdadero.

lunes, 11 de octubre de 2010

Espiritualidad creativa II

"...La naturaleza de los fenómenos transpersonales hace implausibles al objeto y sujeto cartesianos... Ante la naturaleza no intencional de los fenómenos transpersonales, se vuelve imperativo trascender la noción actual de experiencia y reconceptualizar nuestra comprensión de los fenómenos transpersonales de manera tal que no connote intencionalidad...
Si los fenómenos transpersonales y espirituales no son experiencias intrasubjetivas, ¿qué es lo que son? En pocas palabras, lo que quiero proponer es que los fenómenos transpersonales se pueden entender mejor como eventos participativos multilocales, es decir, emergencias del ser transpersonal que pueden ocurrir no sólo en el locus de un individuo, sino también en una relación, una comunidad, una identidad colectiva o un lugar. Dicho de otro modo, lo que estoy sugiriendo es que lo que normalmente se ha llamado experiencia transpersonal se puede concebir mejor como la emergencia de un evento transpersonal participativo. La idea básica subyacente al giro participativo no es que una expansión de la conciencia individual permite el acceso a contenidos transpersonales, sino que la emergencia de un evento transpersonal precipita en el individuo lo que se ha llamado experiencia tyranspersonal. Visto de este modo, la dimensión ontológica de los fenómenos transpersonales es primaria y resulta en la experiencial. No es que las experiencias transpersonales conduzcan al conocimiento transpersonal, sino más bien que los eventos transpersonales participativos provocan en el individuo lo que comunmente se ha dado en llamar experiencias transpersonales.
Ni que decir tiene que no estoy negando la existencia de una dimensión intrasubjetiva en los fenómenos transpersonales. Más bien al contrario, la emergencia de un fenómeno transpersonal en el locus de un individuo exige la participación de su conciencia. Sin embargo, la visión participativa reformula esta dimensión experiencial como la participación de una conciencia individual en un evento transpersonal. Lo que la visión participativa rechaza radicalmente es el paso antropocéntrico y, en última instancia, egocéntrico, de deducir de esta participación que los fenómenos transpersonales son esencialmente experiencias interiores humanas...
La visión participativa concibe los fenómenos transpersonales como 1) eventos, en lugar de como experiencias intrasubjetivas; 2)multilocales, en tanto que pueden emerger en diferentes escenarios, como en n individuo, en una relación, en una comunidad, en una identidad colectiva o en un lugar, y 3) participativos, en cuanto que pueden invitar a la capacidad y al dinamismo creativo de todas las dimensiones de la naturaleza humana, a interactuar con un poder espiritual en la co-creación de mundos espirituales...

Los fenómenos transpersonales como eventos
La visión participativa considera los fenómenos transpersonales como eventos, en lugar de hacerlo como experiencias interiores... me gustaría establecer una analogía con la celebración de una fiesta. Una fiesta es una celebración participativa de la vida y de los otros. Una fiesta no es propiedad de nadie porque no puede ser poseída. Una fiesta "ocurre" siempre que se reune cierta combinación de elementos, y lo máximo que podemos hacer para facilitarla es optimizar esas condiciones. Por ejemplo, podemos prepararnos psicológicamente, vestirnos de modo más festivo... Una fiesta también se puede producir espontáneamente... Una fiesta no es ni objetiva ni subjetiva, sino más bien un fenómeno participativo... no es una experiencia intrasubjetiva, sino un evento experiencial en el cual podemos participar dada la presencia de ciertas condiciones internas y externas... los fenómenos transpersonales son como una fiesta en el sentido de que no son experiencia interiores individuales, sino eventos participativos, no son ni objetivos ni subjetivos, no pueden ser poseídos (no son propiedad de nadie), se pueden optimizar pero jamás forzar, y surgen espontaneamente cuando se producen ciertas condiciones...
En otras palabras, no se trata tanto de que cambie nuestra experiencia del mundo, sino de que nuestra experiencia-y-el-mundo sufren una transformación mutuamente codeterminada...

Los fenómenos transpersonales como multilocales
Martin Buber... con su paso desde una concepción mística de la espiritualidad -centrada en la experiencias interiores individuales- a una dialógica orientada a lo intersubjetivo y la comunidad, propone que el verdadero lugar para la realización espiritual no es la experiencia individual, sino la comunidad, el "Entre", lo Intermedio. "El Espíritu no está en el yo sino entre el yo y el tú, no es como la sangre que circula por ti, sino como el aire que respiras". Y esa comunidad, según Buber, "es un evento que surge del Centro situado entre los seres humanos".
Los eventos espirituales colectivos se han citado frecuentemente en la literatura religiosa...A lo largo de los Hechos de los Apóstoles hallamos al Espíritu descndiendo sobre el grupo, transmitiendo dones y llenándolo todo con su presencia...
Los eventos transpersonales también pueden suceder en el locus de identidades colectivas, como las que pueden emerger de los campos mórficos arquetípicos, filogenéticos, ancestrales, raciales y culturales...
También existe una extensa literatura sobre lugares sagrados... cargados de poder o de presencia espiritual.

Los fenómenos transpersonales como participativos
En primer lugar, participativo alude al hecho de que los eventos transpersonales ya no pueden ser objetivos, neutrales o meramente cognitivos. Por el contrario, involucran a los seres humanos en un proceso de conocimiento participativo, conectado y a menudo apasionado, que puede implicar no sólo la apertura de la mente, sino también del cuerpo, del corazón y del alma...En segundo lugar, participativo se refiere al rol que desempeña la conciencia individual durante los eventos transpersonales. Esta relación no es de mera apropiación, posesión o representación pasiva de conocimiento, sino de comunión y participación co-creativa...
Por último, participativo se refiere a la condición ontológica de los seres humanos con relación a las energías y realidades espirituales. Los seres humanos están siempre, lo sepan o no, participando en la autorrevelación del Espíritu en virtud de su propia existencia. Esta condición participativa no es sólo el fundamento ontológico de las otras formas de participación, sino también el ancla epistémica de las reivindicacuiones de conocimiento espiritual y la fuente moral de la acción responsable."

(Jorge N. Ferrer: Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal. Ed. Kairos)

Espiritualidad creativa

"...Muchos pensadores transpersonales han influido decisivamente en la manera en que un número cada vez mayor de individuos de nuestra cultura entiende y vive su espiritualidad en tiempos modernos. Algunos autores transpersonales, por ejemplo, han desvelado muchas de las complejas dinámicas del crecimiento psicoespiritual y han ofrecido una serie de mapas orientativos para navegar con mayor destreza por las a veces turbulentas aguas espirituales. Otros han desarrollado modelos influyentes..., amplias clasificaciones de experiencias espirituales y una variedad de argumentos convincentes que sugieren el valor epistémico de la espiritualidad y su conexión con la salud psicológica óptima.
Dados sus orígenes en la cultura occidental del siglo XX, sin embargo, la iniciativa transpersonal ha sido en su mayor parte un proyecto más bien moderno. El nacimiento de la psicología transpersonal se puede contemplar como fruto del encuentro del yo moderno con las dimensiones sagradas de la vida y de la existencia. En un tiempo donde la identidad personal se experimentaba primordialmente como un ego cartesiano aislado y la espiritualidad se entendía casi siempre en términos de experiencia individual subjetiva, fue probablemente inevitable que la reconexión moderna con lo sagrado empezara en el seno de la disciplina que estudia más de cerca la experiencia humana, es decir, la psicología. Por otra parte, es comprensible que un ego mental cartesiano que vive básicamente disociado de su cuerpo, de las profundidades de su corazón y de las mismísimas energías vitales que lo conectarían de forma natural con las dimensiones espirituales de la vida, experimentara y entendiera lo sagrado como algo fuera de sí mismo, más allá de su personeidad, o, en este sentido, transpersonal.
No ha de sorprendernos pues que, a medida que el ego cartesiano pierde su dominio sobre el sentido de la identidad contemporáneo, a medida que los seres humanos se vuelven más completos o prevén intuitivamente su identidad más amplia y profunda, una interpretación limitada del término "transpersonal" como "más allá de lo personal" pueda resultar cada vez menos satisfactoria. A medida que los seres humanos reconectan con su corazón, con su cuerpo y con las energías vitales que les dan vida, lo sagrado ya no se experimenta como una "hierofanía" transpersonal -una irrupción de lo sagrado en un yo o en un mundo profanos- sino como una dimensión fundamental tanto de la personeidad como de la realidad. En otras palabras, a medida que somos más conscientes de nuestra conexión intrínseca y vital con lo sagrado, lo transpersonal se nos va revelando gradualmente como algo cada vez más personal. En breve, éste es el cambio desde un ego cartesiano que experimenta lo sagrado como "otro" hacia un ser humano completo que participa de forma natural y espontánea en las dimensiones más profundas y sagradas de la vida. Asimismo, a medid que la presencia del Espíritu se fue reconociendo no sólo en nuestras profundidades interiores, sino también en el variado entramado de nuestras relaciones y en la propia substancia del mundo, la psicología transpersonal preparó el terreno para una teoría transpersonal, una gama de disciplinas transpersonales como la antropología transpersonal, la sociología transpersonal y la ecología transpersonal o, más recientemente, una orientación transpersonal multidisciplinaria que abarca el trabajo social, la ecología, el arte, la literatura, la interpretación, la jurisprudencia, los negocios y el mundo empresarial...
A pesar de su supuesta postura inclusivista... la mayoría de las visiones universalistas propuestas por el Occidente moderno son reduccionistas en tanto tienden a favorecer ciertos potenciales humanos y caminos espirituales por encima de otros, traicionando de ese modo sus explícitas intenciones de respetar todas esas verdades y a menudo resultando en una excesiva simplificación, distorsión o limitación de la vasta y rica gama de posibilidades para el florecimiento de la espiritualidad humana. Además... esas visiones universalistas no son ni lo suficientemente sensibles a la diversidad de necesidades, disposiciones y dinámicas evolutivas arquetípicas y espirituales de cada individuo, ni lo bastante generosas con el potencial creativo infinito del Espíritu. Por lo general, los buscadores contemporaneos se esfuerzan por ajustar sus vidas a un ideal o camino espiritual pre-dado que sus mentes han adoptado ya sea de una tradición, un maestro o un esquema universalista. Demasiado a menudo, los buscadores espirituales están involucrados en una búsqueda autoabsorta de ciertas experiencias interiores que esos modelos o maestros presentan como más iluminados o espiritualmente evolucionados, saboteando así inconscientemente el proceso natural de su propio crecimiento espiritual único y limitando el potencial creativo del poder espiritual que se puede manifestar a través de ellos. Aunque se pueden obtener frutos de un compromiso con casi cualquier práctica espiritual, el resultado final de esas tentativas suele ser una vida espiritual carente de vitalidad, estancada, disociativa o conflictiva.
Queremos ser libres y felices. Queremos estar libres de sufrimientos innecesarios, de preocupaciones alienadoras, de condicionamientos nocivos, de ilusiones limitadoras y autoengaños debilitantes. Queremos sentirnos plenamente vivos, en armonía con otros seres humanos, conectados con las ricas fuentes de la vida, en sintonía con la Naturaleza y el Cosmos. Estos deseos no tienen nada de erróneos. Ser libres y felices quizás sea nuestro verdadero patrimonio, nuestra condición natural, nuestra naturaleza más esencial. Pero cuando sea que hallamos un camino especifico que nos aporta cierta libertad y felicidad, nuestras mentes tienden a devaluar sutilmente otros caminos, incluso aquéllos que parecen irles bastante bien a otras personas. Nuestras mentes empiezan a construir y a imponer persuasivos esquemas racionales que sitúan nuestras elecciones espirituales en un lugar privilegiado, prejuzgando automáticamente de ese modo otras opciones como inferiores. Y de aquí deriva un sinfín de clasificaciones jerárquicas de tradiciones y caminos espirituales: Las tradiciones no duales están más próximas a las fuentes del ser que las duales. La meditación budista es una práctica espiritual más evolucionada que el chamanismo. Seguir una práctica bajo la guía de un gurú es mucho más eficaz que hacerlo sin ella. Y así sucesivamente. La tendencia a considerar como mejor o superior aquello que ha sido liberador para nosotros es comprensible. No obstante es una tendencia... no sólo innecesaria sino también problemática y engañosa...
Para fomentar el crecimiento de nuevos tallos, ramas y frutos más vitales en nuestros árboles espirituales, hemos de transplantar sus raíces a tierras más fértiles: tierras que nos permitan expandir la gama de opciones espirituales válidas y arraigarlas en nuestras disposiciones psicoespirituales únicas; tierras que nos permitan apreciar una extensa variedad de caminos espirituales como medios potencialmente válidos para desarrollar y expresar amor y sabiduría; tierras que, en fin, propicien de forma natural condiciones óptimas para una manifestación más plena de la infinita creatividad del Espíritu en la tierra...
La participación humana en los fenómenos transpersonales y espirituales es un evento creativo y multidimensional que puede abarcar todos los aspectos de la naturaleza humana, desde la transfiguración somática hasta el despertar del corazón, desde la comunión erótica hasta la co-creación visionaria y desde el conocimiento contemplativo hasta el discernimiento moral..."

(Jorge N. Ferrer: Espiritualidad creativa. Una visión participativa de lo transpersonal. Ed. Kairos)

viernes, 8 de octubre de 2010

La mirada

Hay en el centro de nuestro ser un lugar privilegiado desde donde sentarse a ver el despliegue de nuestro mundo interno. En días y noches, paraísos e infiernos, cielos y tierras, los paisajes de nuestra alma se abren ante el ojo interior que los recorre. Paisajes poblados de ángeles y demonios, héroes y villanos, víctimas y verdugos que también somos nosotros. Nosotros y nuestro paisaje, interactuando a la vez con el paisaje externo y sus moradores (si es que tal distinción tiene algún sentido) en un continuo juego de influencias mutuas que nos cambia y cambia nuestro mundo y el mundo a secas.
Alguien que mira a alguien que hace y en el hacer se transforma y transforma. Y se transforma porque existe la mirada, la mirada interior, la mirada consciente que, si mira sin juicio, sin condena, con pura aceptación de lo que ve, puede constituirse en el núcleo alrededor del cual se integre ese paisaje aparentemente caótico, el de adentro y el de afuera, en un cosmos, un orden, una síntesis, un lugar de unidad desde cuyo centro irradie el puro ser en inocencia y en verdad.
Y es que esa mirada es inocente y verdadera. O mejor dicho, esa mirada es inocencia y es verdad, y si se orienta sin filtros acusatorios o justificativos, temerosos o heroicos, manipulativos o rescatadores, su amorosa transparencia ilumina y redime cuanto mira.
La mirada verdadera, que es nuestro centro, es también el camino a nuestro centro. Esa mirada que reconoce y acepta nuestra pura maldad, que deshace nuestros autoengaños, que se abre paso a través de nuestras justificaciones y pretensiones de bondad y elevación, que lava nuestra amargura y derrite nuestro perfeccionismo, que rebaja nuestra inflación y hace desaparecer nuestro autodesprecio.
Esa mirada que nos descubre en nuestra desnudez y que nos hace humildes, y que, a través del don, de la bendición de la humildad, nos lleva al amor por nosotros mismos y por nuestros semejantes. Porque ellos son como nosotros, y son nuestro espejo, y son nosotros.
Humildad es una hermosa palabra. Viene de humus, tierra, el barro sustentador y fértil del que estamos hechos, ese barro animado por el espíritu, el ruah, el aliento divino, ese divino barro que, cuando se está en sí mismo, cuando se acepta y honra y respeta a sí mismo, es el lugar del milagro cotidiano, la cuna del niño, la simple morada desde la que irradia... eso.
Decir la verdad. Decirse la verdad con amor, con sencillez, con compasión. Ser quien se es aquí y ahora, sin más, sin menos, sin ambición ni vergüenza. Qué práctica tan bella, qué camino espiritual tan hermosamente heroico, tan amoroso, tan tierno, tan humano.
Vivir en la verdad, en la pura verdad de nuestro humus, al arrimo del amor del Padre/Madre.

lunes, 4 de octubre de 2010

Tiempo de otoño

Nací en otoño, y desde niña, el otoño es la estación que más amo. Me parece una fiesta para los sentidos, aún en mayor medida que la primavera.
Amo sus colores, el rojo encendido de los hayedos, el marrón suntuoso de la tierra cubierta de hojas, los amarillos, los cobres, los verdes secos, los anaranjados.
Amo sus olores, el perfume de la tierra húmeda, de la vegetación que poco a poco se marchita, de los primeros humos de las chimeneas.
Y amo los frutos del otoño, las castañas en su estuche de púas, las setas ocultas en los rincones del bosque, la abundancia de bayas en los arbustos.
Miro a los buitres y a las águilas sobrevolar los campos y me pregunto cómo será la perspectiva que divisan, qué cuadro para ser visto sólo desde arriba, vibrando con los tonos de la paleta otoñal.
Hay jabalíes apenas divisados en la espesura, ahítos de bellotas y de bayas, bellísimos en su pelaje erizado y en su ferocidad.
Hay cabras salvajes, hembras de grandes ubres, machos de cuernos inmensos, saltando de risco en risco por los precipicios, bajando a beber en los arroyos al anochecer.
Amo los días que se acortan, que refrescan, que van confluyendo poco a poco hacia primeros de noviembre, esas fechas entre todas las del año en que, cuenta la tradición, el velo entre los mundos se adelgaza, de forma que vivos y muertos, humanos y duendes, ángeles y demonios, ánimas y trasgos, santos y brujas, pueden pasar de un lado a otro con facilidad, y confraternizar y ventilar sus asuntos cara a cara. Yo nací en ese tiempo mágico y terrible, muy cerca de lo que algunos han llamado Samhain, otros, Día de Difuntos, otros, Halloween. Da lo mismo. Es el mismo lugar del calendario, en el corazón del otoño. En el corazón del otoño de la Madre.

viernes, 1 de octubre de 2010

Gratitud

El misterio es pequeño,
hondísimo,
de una humildad sagrada.
El misterio es paciente,
vacío,
una flor en el centro de las cosas.
A.S.


De vez en cuando, la vida te concede un paréntesis, un pedacito de tiempo, de espacio y de tranquilidad para realizar calladamente una tarea de inmersión profunda en el paisaje interno, de reestructuración, de transformación, en algunos aspectos, radical.
Tales espacios, tales nidos de renovación son tan preciosos, tan necesarios y tan raros que me siento inmensa, inmensamente privilegiada por haber dispuesto, en los meses pasados, de uno de ellos.
Los antiguos griegos llamaban témenos a los lugares sagrados de asilo y curación. Yo he estado recluida en un témenos interno -y casi externo-, y en él he podido realizar una tarea también sagrada.
Y quiero expresar mi gratitud, mi sencilla gratitud por este regalo. En primer lugar, a la Divina Madre, que me ha bendecido con su ternura y su alimento, y con cuya nutrición -a veces dulce, a veces áspera- he encontrado fuerzas para acceder, con dolor y con gozo, a lugares desconocidos de mí misma. Y después a la corriente, al flujo creativo que brota de su seno, cuya intensidad, cuyo vigor ha impulsado ese ascenso y descenso simultáneos, y la limpieza, la purificación del paisaje y la mirada.
Y quiero agradecer también la ayuda humana que se me ha brindado. Y, de manera destacada, la de César, un amigo impagable, al que hace tiempo que nombré mi antimaestro por la lucidez de su mirada, no exenta de rasgos luciferinos, por el continuo desafío que supone y por la limpidez del espejo que me presta. Gracias, César.
Y a esta cibershanga, esta comunidad virtual que comenta, que apoya o que critica, que asoma o desaparece, gracias también. La magia de la red, donde como en el mundo del que forma parte se mezclan energías e influencias de todo tipo, es capaz, sin embargo, de poner en contacto sensibilidades y caminos afines o diferentes, traspasando distancias, saltando sobre océanos y continentes y tejiendo relaciones profundas y significativas, más allá de la limitación material. Alex, Mónica, Delia... sencillamente os amo, a vosotros y a otros y otras que comentan, que aportan, o se callan, que ponen de sí mismos en esta trenza, en esta obra común que oficiamos entre todos.
Y a quienes viven en mi proximidad, mi amor y mis disculpas por meses de ausencia energética, de ensimismamiento, y también por lo que pueda tocarles de la agitación que vendrá, de las consecuencias que traerá este retiro.
Ahora, suavemente al principio, el mundo empieza a reclamarme. Y hay tanto por hacer, tanto por cambiar, tanto por aclarar, tanto por desarraigar y por construir, que quiero donarme a mí misma caudales infinitos de paciencia, de amor, de pulcritud y de no exigencia. Haré, espero, si Dios quiere, lo que tenga que hacer, y más importante aún, intentaré abrirme cada vez más para que él haga en mí lo que sea su voluntad, pero todo ello sin forzarme, sin tratar de correr ni de ir más lejos de donde lleguen en cada momento mi mirada y mi certeza. Un paso tras otro, permitiéndome, ahora que (tal vez) he aprendido (un poco), todos los paréntesis y los descansos que necesite. Que van a ser, creo, bastantes.
Para nada tengo claro a dónde voy. Sería raro que lo supiera, porque lo que viene es una etapa nueva.
Pido a la Madre sabiduría, prudencia, valentía y amor. Y el bendito don de su gracia.