El País, 30/10/2011
"Los mercados financieros están celebrando el pacto alcanzado en Bruselas a primera hora del jueves. De hecho, en relación con lo que podría haber sucedido (un amargo fracaso para ponerse de acuerdo), que los dirigentes europeos se hayan puesto de acuerdo en algo, por imprecisos que sean los detalles y por deficiente que resulte, es un avance positivo.
Al revés que el resto, Islandia dejó arruinarse a los bancos y amplió su red de seguridad social
Pero merece la pena retroceder para contemplar el panorama general, concretamente el lamentable fracaso de una doctrina económica, una doctrina que ha infligido un daño enorme tanto a Europa como a Estados Unidos.
La doctrina en cuestión se resume en la afirmación de que, en el periodo posterior a una crisis financiera, los bancos tienen que ser rescatados, pero los ciudadanos en general deben pagar el precio. De modo que una crisis provocada por la liberalización se convierte en un motivo para desplazarse aún más hacia la derecha; una época de paro masivo, en vez de reanimar los esfuerzos públicos por crear empleo, se convierte en una época de austeridad, en la cual el gasto gubernamental y los programas sociales se recortan drásticamente.
Nos vendieron esta doctrina afirmando que no había ninguna alternativa -que tanto los rescates como los recortes del gasto eran necesarios para satisfacer a los mercados financieros- y también afirmando que la austeridad fiscal en realidad crearía empleo. La idea era que los recortes del gasto harían aumentar la confianza de los consumidores y las empresas. Y, supuestamente, esta confianza estimularía el gasto privado y compensaría de sobra los efectos depresores de los recortes gubernamentales.
Algunos economistas no estaban convencidos. Un escéptico afirmaba cáusticamente que las declaraciones sobre los efectos expansivos de la austeridad eran como creer en el "hada de la confianza". Bueno, vale, era yo.
Pero, no obstante, la doctrina ha sido extremadamente influyente. La austeridad expansiva, en concreto, ha sido defendida tanto por los republicanos del Congreso como por el Banco Central Europeo, que el año pasado instaba a todos los Gobiernos europeos -no solo a los que tenían dificultades fiscales- a emprender la "consolidación fiscal".
Y cuando David Cameron se convirtió en primer ministro de Reino Unido el año pasado, se embarcó inmediatamente en un programa de recortes del gasto, en la creencia de que esto realmente impulsaría la economía (una decisión que muchos expertos estadounidenses acogieron con elogios aduladores).
Ahora, sin embargo, se están viendo las consecuencias, y la imagen no es agradable. Grecia se ha visto empujada por sus medidas de austeridad a una depresión cada vez más profunda; y esa depresión, no la falta de esfuerzo por parte del Gobierno griego, ha sido el motivo de que en un informe secreto enviado a los dirigentes europeos se llegase la semana pasada a la conclusión de que el programa puesto en práctica allí es inviable. La economía británica se ha estancado por el impacto de la austeridad, y la confianza tanto de las empresas como de los consumidores se ha hundido en vez de dispararse.
Puede que lo más revelador sea la que ahora se considera una historia de éxito. Hace unos meses, diversos expertos empezaron a ensalzar los logros de Letonia, que después de una terrible recesión se las arregló, a pesar de todo, para reducir su déficit presupuestario y convencer a los mercados de que era fiscalmente solvente. Aquello fue, en efecto, impresionante, pero para conseguirlo se pagó el precio de un 16% de paro y una economía que, aunque finalmente está creciendo, sigue siendo un 18% más pequeña de lo que era antes de la crisis.
Por eso, rescatar a los bancos mientras se castiga a los trabajadores no es, en realidad, una receta para la prosperidad. ¿Pero había alguna alternativa? Bueno, por eso es por lo que estoy en Islandia, asistiendo a una conferencia sobre el país que hizo algo diferente.
Si han estado leyendo las crónicas sobre la crisis financiera, o viendo adaptaciones cinematográficas como la excelente Inside Job, sabrán que Islandia era supuestamente el ejemplo perfecto de desastre económico: sus banqueros fuera de control cargaron al país con unas deudas enormes y al parecer dejaron a la nación en una situación desesperada.
Pero en el camino hacia el Armagedón económico pasó una cosa curiosa: la propia desesperación de Islandia hizo imposible un comportamiento convencional, lo que dio al país libertad para romper las normas. Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinasen y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.
¿Y cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de su sociedad. "Las cosas podrían haber ido mucho peor" puede que no sea el más estimulante de los eslóganes, pero dado que todo el mundo esperaba un completo desastre, representa un triunfo político.
Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera."
(PAUL KRUGMAN)
Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008.
2001. New York Times Service. Traducción de News Clips.
(Fuente: El País)
aenlibertad@gmail.com
Nuevo blog:
POEMAS Y TEXTOS (nombrando paisajes, misterios y silencios) ameliadesola.blogspot.com.es
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domingo, 30 de octubre de 2011
Haikus de otoño
Tierra mojada.
Nubes que se derraman
sobre los montes.
Velos de bruma
vistiendo los pinares
de transparencia.
Amarillea
el nogal de la ermita.
Tiempo de nueces.
Agua y madera.
Capas de musgo verde
cubren las ramas.
Las hojas muertas
se pudren en el suelo
bajo la lluvia.
Camina el río
entre juncales pardos
y piedras grises.
En el ramaje
se contestan las aves
unas a otras.
Música viva:
Pájaros y silencio,
silencio y agua.
A.S.
Nubes que se derraman
sobre los montes.
Velos de bruma
vistiendo los pinares
de transparencia.
Amarillea
el nogal de la ermita.
Tiempo de nueces.
Agua y madera.
Capas de musgo verde
cubren las ramas.
Las hojas muertas
se pudren en el suelo
bajo la lluvia.
Camina el río
entre juncales pardos
y piedras grises.
En el ramaje
se contestan las aves
unas a otras.
Música viva:
Pájaros y silencio,
silencio y agua.
A.S.
jueves, 27 de octubre de 2011
De la oscura sombra de la New Age
Dos aspectos de la New Age que me parecen terribles, por su absoluta inhumanidad, para con los demás y, finalmente, para con uno mismo:
A.- Responsabilizar al individuo de todo lo que le ocurre, desde un cáncer de páncreas a que le aplaste un techo de hormigón en el terremoto de Fukushima.
Job, el paradigma del inocente que sufre, se revolvería en su tumba.
Y es que una cosa es aceptar lo que es, y asumir la responsabilidad de afrontarlo, y otra la creencia simplista de que, si tengo un tumor, o una enfermedad mental, o padezco de reuma, es por mi horroroso karma, o bien porque guardo en mi corazón algún terrible resentimiento que me devora el chi y que se resolvería, sin duda, en un par de talleres de fin de semana, pero que yo, impenitente, me niego a trabajar por simple y malvada contumacia.
La inocencia herida, para el gato. Y lo que en lenguaje cristiano se llama la comunión de los santos, es decir, el hecho de que (además de individuos) somos un solo ser, para el otro gato. Y la empatía, ni saber lo que es.
Se trata, en realidad, de una fuga ante el horror de mirar de frente el rostro de la vida, y de asumir que, por más vegetariano que coma y más positivo que piense, aquí, al final, no se salva ni dios. Porque esto es la condición humana. Y porque el rostro de la vida es así. Y porque, como acostumbraba a afirmar una paciente mía (que decían que estaba loca), "el que no tenga, que espere". Que ya le llegará.
B.- Tener que ser siempre feliz a cascoporro, celebrar lo incelebrable, pensar positivo y negarse a ver otro color que no sea el rosa pastel.
Pretender que la vida sea un continuo sábado de primavera en el parque Disney de Orlando, demonizar los sentimientos negativos, la sombra, todo lo que duele y pincha y hiere, y empeñarse de manera machacona en que existen varas de una sola punta, monedas de una sola cara y luces sin rastro de oscuridades.
En definitiva, aferrarse a un opuesto negando el otro, y negando la totalidad que los abarca y trasciende.
Mejor sentir lo que uno siente, vivir lo que ahora ocurre y pensar lo que uno piensa, que cubrir la realidad insobornable con una gruesa capa de purpurina.
Cuando toca sufrimiento, pues toca. ¿Pasa algo?
Y, si no me toca a mí (de momento), ya les toca a otros delante de mis narices. No deja de ser una fuga, y además, despiadada, tapárselas para que no llegue el mal olor.
Prefiero el arquetipo del boddhisattwa, o de la Sofía gnóstica, que hacen voto de permanencia entre los que sufren, al autosuficiente iluminado solitario.
Debe ser por mi pésimo karma.
A.- Responsabilizar al individuo de todo lo que le ocurre, desde un cáncer de páncreas a que le aplaste un techo de hormigón en el terremoto de Fukushima.
Job, el paradigma del inocente que sufre, se revolvería en su tumba.
Y es que una cosa es aceptar lo que es, y asumir la responsabilidad de afrontarlo, y otra la creencia simplista de que, si tengo un tumor, o una enfermedad mental, o padezco de reuma, es por mi horroroso karma, o bien porque guardo en mi corazón algún terrible resentimiento que me devora el chi y que se resolvería, sin duda, en un par de talleres de fin de semana, pero que yo, impenitente, me niego a trabajar por simple y malvada contumacia.
La inocencia herida, para el gato. Y lo que en lenguaje cristiano se llama la comunión de los santos, es decir, el hecho de que (además de individuos) somos un solo ser, para el otro gato. Y la empatía, ni saber lo que es.
Se trata, en realidad, de una fuga ante el horror de mirar de frente el rostro de la vida, y de asumir que, por más vegetariano que coma y más positivo que piense, aquí, al final, no se salva ni dios. Porque esto es la condición humana. Y porque el rostro de la vida es así. Y porque, como acostumbraba a afirmar una paciente mía (que decían que estaba loca), "el que no tenga, que espere". Que ya le llegará.
B.- Tener que ser siempre feliz a cascoporro, celebrar lo incelebrable, pensar positivo y negarse a ver otro color que no sea el rosa pastel.
Pretender que la vida sea un continuo sábado de primavera en el parque Disney de Orlando, demonizar los sentimientos negativos, la sombra, todo lo que duele y pincha y hiere, y empeñarse de manera machacona en que existen varas de una sola punta, monedas de una sola cara y luces sin rastro de oscuridades.
En definitiva, aferrarse a un opuesto negando el otro, y negando la totalidad que los abarca y trasciende.
Mejor sentir lo que uno siente, vivir lo que ahora ocurre y pensar lo que uno piensa, que cubrir la realidad insobornable con una gruesa capa de purpurina.
Cuando toca sufrimiento, pues toca. ¿Pasa algo?
Y, si no me toca a mí (de momento), ya les toca a otros delante de mis narices. No deja de ser una fuga, y además, despiadada, tapárselas para que no llegue el mal olor.
Prefiero el arquetipo del boddhisattwa, o de la Sofía gnóstica, que hacen voto de permanencia entre los que sufren, al autosuficiente iluminado solitario.
Debe ser por mi pésimo karma.
miércoles, 26 de octubre de 2011
Inocencia herida
Mañana operan a una persona a la que conozco y aprecio. Una buena persona. Joven, inteligente, magnífico profesional. Con hijos pequeños. Paciente de una terrible enfermedad mental. Lo suficientemente desesperado como para permitir que le practiquen cirugía cerebral (he dicho cirugía cerebral, y además casi experimental) en busca de una posibilidad. De alguna posibilidad de mejora.
Una pequeña, pequeñísima partícula del dolor del mundo. Del dolor de los inocentes.
Un pequeño fragmento de inocencia herida.
Tan nimio. Tan insignificante. Tan terrible.
Duele el dolor del mundo. Duele la inocencia herida.
Una y mil veces, Job proclama que lo que le sucede no es el castigo a una culpa. Proclama su inocencia. Ante Dios.
(Madre del mundo, ruega por nosotros.
Por todos nosotros y nuestra inocencia herida.)
Una pequeña, pequeñísima partícula del dolor del mundo. Del dolor de los inocentes.
Un pequeño fragmento de inocencia herida.
Tan nimio. Tan insignificante. Tan terrible.
Duele el dolor del mundo. Duele la inocencia herida.
Una y mil veces, Job proclama que lo que le sucede no es el castigo a una culpa. Proclama su inocencia. Ante Dios.
(Madre del mundo, ruega por nosotros.
Por todos nosotros y nuestra inocencia herida.)
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